Carnes Tristes
Desde de la diminuta complejidad de lo mucho que somos, recuerdo a Galeano en un texto en el que dice que alguna vez algún hombre moderno se fue a la selva Maya, y allá, imagino yo, junto a los jaguares y tucanes, se le recordó que somos todo aquello que al mirarle, nos mira. Que escuchamos lo que nos escucha. Que el cuerpo es un espejito, un caminito de agua que se desdobla cuando le soplamos.
Hace unos años escribí, porque no tuve mejor manera para hacerme entender, el siguiente texto que ahorita me quiero recordar.
Carnes Tristes.
Creo firmemente que el racismo es mera envidia: envidia de saber que nosotros le hablamos al mar y nos responde; Envidia de que los árboles nos han enseñado como andar entre ellos, y que parece que las semillas con los chiles se nos muelen solos para hacer el mole.
Creo que el racismo lo necesita la gente a la que el corazón no le traduce los versos de la lluvia y que sus ojos no son capaces de descifrar el bailar de las montañas.
Les hace falta conocer la tierra comiéndoles los pies enseñándoles de sus cuerpos las verdades.
No conocen el milagro de pedirle tunas al nopal y que este se las entregue a la luz de luna con el cantar de los coyotes. Por eso no les culpo, al contrario les compadezco. Imagínense que se sentirá no entenderse con la hierba.
A veces me dan ganas de sentir querer que se los coman los lobos, pero mis lobos no comen carnes tristes.
Mejor allá que ellos solitos se hagan nudos, y que aunque se avienten a los ríos, nunca se desenreden...